¿Humildad o síndrome del impostor? Cuando Perséfone duda en habitar su trono - Día 18
Durante mucho tiempo pensé que lo que me pasaba tenía un nombre sencillo: humildad.
No sentirme “más” que nadie. No alardear. No apropiarme demasiado de los logros. Atribuir lo bueno al equipo, al contexto, a la suerte. Mantener los pies en la tierra.
Pero con los años —y con el peso real de lo que he construido— empezó a aparecer una incomodidad distinta. Una pregunta que no se deja callar tan fácilmente:
¿Esto es humildad… o es una forma elegante de no hacerme cargo de mi poder?
Este texto no busca dar una respuesta definitiva. Busca abrir el espacio de la duda, porque ahí es donde Perséfone empieza a transformarse.
No ver la magnitud de lo que existe
Hay algo profundamente extraño en construir un reino y mirarlo como si no fuera del todo real.
Tengo una carrera. Tengo trabajo. Tengo una empresa. Tengo una radio, una oficina, un equipo. Y, sin embargo, internamente, nada de eso se siente con el mismo peso con el que lo ven los demás.
Escucho cómo otras personas hablan de lo que he logrado y me descubro observando desde afuera, como si describieran la vida de alguien más.
No es falsa modestia. Es incredulidad.
Esa incredulidad se filtra en acciones pequeñas pero constantes: dejo pagos para después, no voy todos los días, procrastino justo en los espacios que más estructura necesitan. Y cuando algo funciona, mi primer impulso es quitarme del centro: “fue el equipo”, “no fue solo mío”, “cualquiera podría haberlo hecho”.
Y aunque es cierto que nadie construye sola, también es cierto que alguien tuvo la visión, sostuvo el proceso y no abandonó cuando fue incómodo.
La pregunta empieza a incomodar:
¿reconocer eso me haría arrogante… o simplemente responsable?
El miedo que no se siente como miedo
No tengo un terror constante a perderlo todo. El dinero, para mí, siempre ha sido algo que va y viene. Y durante mucho tiempo creí que esa relación era libertad.
Pero hay una línea muy fina entre la libertad y el descuido.
La falta de rutina financiera, de estructura clara, de orden sostenido, no nace del caos, sino de una especie de desapego: si no me aferro demasiado, no tengo que sostener demasiado.
Cuidar lo que existe implica aceptar que existe. Y aceptar que existe implica aceptar que es mío.
Tal vez el problema no sea el miedo a perder, sino la dificultad de habitar plenamente lo que ya está en mis manos.
No ocupar el lugar visible
Hay otro gesto que se repite: no figurar.
No salir en cámara como debería. No convertirme en la imagen de mi propio proyecto. No asumir públicamente el rol de mastermind, aun sabiendo que tengo el alcance, las competencias y la experiencia.
No es timidez. Tampoco falta de claridad. Es una resistencia más sutil: estar, pero no del todo.
Esa misma lógica se replica en los vínculos laborales y familiares. Me cuesta decir que no cuando me piden algo. Doy demasiada cancha. Negocio incluso lo que no debería negociarse.
No por falta de autoridad, sino por un impulso constante de agradar, de conciliar, de no incomodar.
Aquí Perséfone todavía no es reina: es mediadora.
Saturno, Plutón y el peso del límite
Con Saturno abrazando a Plutón, los límites no son un detalle menor en mi configuración. No están hechos para ser suaves, sino para ser estructurales.
Sin embargo, poner límites reales implica aceptar una verdad incómoda: alguien tiene que ocupar el lugar más alto de la jerarquía. En el negocio, en el hogar, en la vida.
Cuando ese lugar no se ocupa conscientemente, el sistema se desordena. Las responsabilidades se diluyen. La energía se dispersa.
Gobernar no es imponerse, tampoco es agradar. Gobernar es ordenar.
El silencio mal entendido
Durante mucho tiempo creí que el silencio era una forma de poder. No explicarme. No justificarme. Ser transparente.
Pero hay una diferencia crucial entre el silencio consciente y la ausencia. El problema no es justificarme. El problema es desaparecer.
No asumir la autoría, no hacerme cargo de la visión, no decir: esto existe porque yo estuve ahí.
Perséfone, reina, no necesita gritar, pero tampoco se oculta.
¿Humildad o síndrome del impostor?
Tal vez la pregunta no tenga una respuesta única.
Tal vez mi “humildad” sea real… y al mismo tiempo esté mezclada con una forma refinada de síndrome del impostor.
No el que dice “no soy capaz”, sino el que susurra:
“Sí, lo lograste, pero no exageres. No ocupes demasiado espacio. No te sientes tan fuerte en el trono”.
El umbral de Perséfone
Para pasar de la supervivencia al mando, algo tiene que morir.
La que quiere agradar a todos, la que teme hablar fuerte, la que confunde conciliación con liderazgo.
Sentarse en el trono no es volverse dura, es volverse clara y tal vez ese sea el verdadero acto de humildad:
hacerse cargo de lo que uno es, de lo que uno ha construido y del lugar que le corresponde habitar.
El trono no se construye dos veces.
Solo se ocupa.